miércoles, 15 de julio de 2015

Libros Completos De Erenesth Hemingway

Erenesth Hemingway

Erenesth Hemingway

El Fin De Algo

Antes, Horton Bay era un pueblo de madereros y leñadores. Ninguno de sus habitantes estaba libre del ruido de las grandes máquinas de un aserradero que había junto al lago. Pero un año se acabaron los troncos para aserrar. Entonces, las goletas de los madereros anclaron en la bahía y cargaron y se llevaron toda la madera amontonada en el patio. Desmantelaron el aserradero de toda la maquinaria transportable, que los mismos hombres que habían trabajado allí embarcaron en una de las goletas. La embarcación se alejó por el lago llevando las dos grandes sierras, el aparato que arrojaba los troncos contra las sierras circulares giratorias y todas las ruedas, correas y herramientas que cabían en ese enorme cargamento de madera. La bodega abierta estaba tapada con lona y de un modo hermético. Una vez henchidas las velas, el barco empezó a navegar por el lago, llevándose todo lo que había hecho del aserradero, un aserradero, y de Horton Bay, un pueblo. Las casas de un piso, la cantina, el almacén de la compañía, las oficinas del aserradero y el mismo aserradero quedaron desiertos en medio de la pantanosa pradera cubierta de serrín que se extendía a la orilla del lago. Diez años más tarde no quedaba nada del aserradero, excepto los cimientos de piedra caliza que Nick y Marjorie vieron a través del bosque renacido, mientras remaban a lo largo de la costa. Estaban pescando en bote al borde del banco que partía repentinamente desde los bajíos arenosos hacia las negras aguas de doce pies de profundidad. Se dirigían al lugar más apropiado para colocar los sedales nocturnos que atraían a las truchas arcoiris. -He aquí nuestra vieja ruina, Nick -dijo Marjorie. Mientras remaba, Nick miró hacia las piedras blancas que se veían entre los árboles verdes. -Allí está -expresó. -¿Te acuerdas cuando estaba el aserradero? -preguntó Marjorie. -Sí, me acuerdo. -Parece más bien un castillo -opinó la muchacha. Nick no dijo nada. Remaron hasta perder de vista los restos del aserradero, siguiendo la costa. Luego, Nick atravesó la bahía. -No están picando -dijo. -No -respondió Marjorie, absorta en la caña mientras remaban. No se distraía ni siquiera al hablar. Le gustaba pescar. Le gustaba mucho pescar con Nick. Cerca del bote, una trucha enorme sacudió la superficie del agua. Nick remó fuerte con un solo remo, haciendo girar el bote para que el anzuelo pasase por donde se hallaba la trucha. Cuando asomó su espinazo, los peces que usaba como cebo saltaron en forma salvaje. Se desparramaron por la superficie como un puñado de municiones arrojadas al agua. Del otro lado de la embarcación saltó otra trucha, en busca del preciado alimento. -Están comiendo -indicó Marjorie. -Pero no van a picar -dijo Nick. Volvió a dar la vuelta con el bote pasando entre los hambrientos peces, y se dirigió a la costa. Marjorie no recogió el sedal hasta que llegaron a la orilla. Detuvieron la embarcación en la playa y Nick sacó un balde con percas vivas que nadaban en el agua del recipiente. Después cogió tres con las manos y les cortó la cabeza y las peló, mientras Marjorie introducía las manos en el balde. Finalmente sacó una perca y empezó a hacer lo mismo que Nick. Nick miró el pez de Marjorie. -No es necesario arrancarle la aleta ventral -dijo-. Lo mismo sirve como cebo, pero es mejor que la tenga. Enganchó las colas de las percas peladas en los dos anzuelos del sedal de cada caña. Había dos anzuelos colocados en una guía para cada caña. Marjorie, por su parte, remó hacia el banco arenoso. Sostenía el hilo entre los dientes y miraba a Nick, que estaba con la caña en la playa, mientras el sedal se desenrollaba. -Ya está bien -gritó. -¿Lo suelto? -dijo Marjorie, con el sedal en la mano. -Claro. Suéltalo. Marjorie dejó caer el hilo y miró cómo los cebos penetraban en el agua. Luego volvió con el bote y se llevó el segundo sedal de la misma manera. A cada oportunidad, Nick colocó una pesada tabla haciendo cruz con el extremo de la caña para que no se moviera, y un trozo de madera más pequeño para formar el ángulo. Después devanó el sedal con lentitud hasta dejarlo tirante y establecer una línea recta desde donde el anzuelo descansaba sobre el fondo arenoso, y por último aseguró el carrete regulador. De este modo cuando alguna trucha se acercaba a comer, el hilo daba un tirón y el ruido del trinquete fijo indicaba su presencia. Al principio, Marjorie avanzó lentamente para no mover el sedal, pero una vez que estuvo fuera de esa zona, remó con rapidez hacia la playa, acompañada por pequeñas olas. La muchacha salió del bote y Nick lo arrastró por la arena. -¿Qué te pasa, Nick? -preguntó Marjorie. -No sé -contestó este mientras juntaba leña para el fuego. Encendieron el fuego con la madera que el agua había llevado a la costa. Marjorie fue al bote en busca de una manta. La brisa nocturna impulsaba el humo hacia el lugar, por lo que extendió la manta entre el fuego y el lago. Después se sentó sobre la manta, de espaldas al fuego, y esperó a Nick. Éste volvió enseguida y se sentó a su lado. Detrás de ellos estaba el bosque renacido, en el promontorio, y enfrente, la bahía con la desembocadura del arroyo de Hortons. La oscuridad no era completa. La luz de la fogata iluminaba el agua. Ambos pudieron ver las dos cañas de pescar de acero, inclinadas sobre el lago. El fuego provocaba destellos en los carretes. Marjorie abrió la cesta de la cena. -No tengo ganas de comer -dijo Nick. -Vamos, Nick. Come. -Bueno. Comieron sin decir nada, observando las dos cañas y el fuego reflejado en el agua. -Esta noche va a haber luna -expresó Nick, que miraba hacia el otro lado de la bahía. Las colinas se recortaban ya contra el cielo. Se dio cuenta de que la luna estaba ya por asomarse, más allá de las colinas. -Ya lo sé -dijo Marjorie con alegría. -Tú lo sabes todo. -¡Oh! ¡Cállate, Nick! Te lo ruego. ¡No seas así, por favor! -No puedo evitarlo. Tú tienes la culpa. Lo sabes todo. Ese es el problema, y también lo sabes. Marjorie no dijo nada. -Te lo enseñado todo -continuó Nick-. No lo niegues. ¿Qué es lo que no sabes, entonces? -¡Oh! ¡Cállate! Ahí viene la luna. Se quedaron sentados sobre la manta, sin tocarse, observando cómo aparecía la luna. -No tienes por qué decir tonterías -protestó Marjorie-. ¿Qué te ocurre en realidad? -No sé. -Por supuesto que lo sabes -No. No sé. -Anda. Dilo. Nick miró la luna, que se empinaba encima de las colinas. -Ya no me divierte esto. Tenía miedo de mirar a la muchacha, pero la miró. Marjorie le daba la espalda. Siguió mirándola. -Ya no me divierte. Nada. En absoluto. Ella no dijo nada. Nick continuó: -Me encuentro como si todo se hubiera ido al demonio en mi alma. No sé, Marge. No sé qué decir. Todavía miraba la espalda de la mujer. -¿Ya no te divierte el amor? -preguntó Marjorie. -No. Marjorie se puso de pie. Nick permaneció sentado, con la cabeza entre las manos. -Voy a usar el bote -le dijo Marjorie-. Tú puedes volver a pie por el promontorio. -Bueno -dijo Nick-. Espera, que iré a desatracar el bote. -No hace falta -cuando dijo esto, Marjorie estaba ya dentro de la embarcación, en el agua, bajo la luz de la luna. Nick regresó y se acostó boca abajo, sobre la manta junto al fuego. Oyó el rítmico movimiento de los remos, mientras Marjorie se alejaba. Permaneció allí largo rato. Estaba acostado cuando Bill apareció en el claro después de atravesar el bosque. Sintió que el recién llegado se acercaba al fuego. Pero Bill no lo tocó. -¿Salió todo bien con ella? -preguntó Bill. -Sí -contestó Nick sin abandonar su posición, con la cara pegada a la manta. -¿Hubo una escena? -No, no hubo ninguna escena. -¿Cómo te sientes? -¡Oh! ¡Vete, Bill! Vete por un rato. Bill eligió un sándwich de la cesta y fue a echar un vistazo a las cañas. FIN

El Capital Del Mundo

Hay en Madrid infinidad de muchachos llamados Paco, diminutivo de Francisco. A propósito, un chiste de sabor madrileño dice que cierto padre fue a la capital y publicó el siguiente anuncio en las columnas personales de El Liberal: PACO, VEN A VERME AL HOTEL MONTAÑA EL MARTES A MEDIODÍA, ESTÁS PERDONADO, PAPÁ; después de lo cual fue menester llamar a un escuadrón de la Guardia Civil para dispersar a los ochocientos jóvenes que se habían creído aludidos. Pero este Paco, que trabajaba de mozo en la Pensión Luarca, no tenía padre que le perdonase ni ningún motivo para ser perdonado por él. Sus dos hermanas mayores eran camareras en la misma casa. Habían conseguido ese empleo simplemente por haber nacido en la misma aldea que otra ex camarera de la pensión, que con su asiduidad y honradez llenó de prestigio a su tierra natal y preparó buena acogida para la gente que de allí llegase. Dichas hermanas le habían costeado el viaje en ómnibus hasta Madrid y obtenido su actual ocupación de aprendiz de mozo. En la aldea de donde provenía, situada en alguna parte de Extremadura, imperaban condiciones de vida increíblemente primitivas, los alimentos escaseaban y las comodidades eran desconocidas, y tuvo que trabajar mucho desde muy pequeño. Se trataba de un muchacho bien formado, con cabellos muy negros y más bien crespos, dientes blancos y un cutis envidiado por sus hermanas. Además, poseía una sonrisa cordial y sencilla. Su salud era excelente, cumplía a las mil maravillas con su trabajo y amaba a sus hermanas, que parecían hermosas y avezadas al mundo. Le gustaba Madrid, que todavía era un lugar inverosímil, y también su trabajo, que llevaba a cabo entre luces resplandecientes y con camisas limpias, trajes de etiqueta y abundante comida en la cocina, todo lo cual le parecía excesivamente romántico. Entre ocho y una docena eran las personas que vivían en la Pensión Luarca y comían en el comedor, pero Paco, el más joven de los tres mozos que atendían las mesas, sólo tenía en cuenta a los toreros, los únicos que existían para él. También vivían en la pensión toreros de segunda clase, porque su situación en la calle San Jerónimo les convenía, además de que la comida era excelente y el alojamiento y la pensión resultaban baratos. El torero necesita la apariencia, si no de prosperidad, por lo menos de crédito, ya que el decoro y el grado de dignidad, aparte del valor, son las virtudes más apreciadas en España, y los toreros permanecían allí hasta gastar sus últimas pesetas. No existen antecedentes de que alguno de ellos hubiera abandonado la Pensión Luarca por un hotel mejor o más caro; los de segunda clase no mejoraban nunca su situación; pero la salida del Luarca se producía con rapidez ante la aplicación automática de la norma según la cual nadie que no hiciese nada podía permanecer allí ya que la mujer a cargo de la pensión únicamente presentaba la cuenta sin que se la pidieran cuando sabía que se trataba de un caso perdido. Por entonces eran huéspedes de la pensión tres diestros, dos picadores muy buenos y un excelente banderillero. El Luarca constituía un verdadero lujo para los picadores y banderilleros, que, como tenían sus familias en Sevilla, necesitaban alojamiento en Madrid durante la estación primaveral. Pero les pagaban bien y tenían trabajo seguro, pues tal clase de subalternos escaseaban mucho aquella temporada. Por lo tanto, era probable que esos tres subalternos ganasen más que cualquiera de los tres matadores. De éstos, uno estaba enfermo y trataba de ocultarlo; otro ya había perdido la preferencia que el público le otorgó como novedad; y el tercero era un cobarde. En cierta época, hasta que recibió una atroz cornada en la parte baja del abdomen, en su primera temporada como torero, el cobarde poseía coraje excepcional y habilidad notable y todavía conservaba muchas de las sinceras admiraciones de sus días de éxito. Era excesivamente jovial y reía constantemente, con o sin motivo. En la época de sus triunfos fue muy aficionado a las chanzas, pero ahora había perdido ésa costumbre. Estaban seguros de que ya no la conservaba. Este matador tenía un rostro inteligente y franco, y se comportaba en forma muy correcta. El matador enfermo tenía cuidado de no revelar nunca esta circunstancia, y era minucioso en lo de comer un poco de todos los platos que servían en la mesa. Tenía gran cantidad de pañuelos, que él mismo lavaba en su cuarto, y, últimamente, vendió sus trajes de torero. Había vendido uno, por poco dinero, antes de Navidad, y otro en la primera semana de abril. Eran trajes muy caros, que siempre fueron bien conservados, y todavía le quedaba uno. Antes de ponerse enfermo fue un torero muy prometedor y hasta sensacional, y, aunque no sabía leer, tenía recortes según los cuales se lució más que Belmonte al hacer su debut en Madrid. Comía siempre solo en una mesa pequeña y pocas veces levantaba la vista del plato. El matador que en una ocasión fue una novedad en el ambiente era muy bajo, muy moreno y muy serio. También comía solo en una mesa separada. Sonreía rara vez y nunca reía con estruendo. Era de Valladolid, donde la gente es demasiado seria, y lo consideraban un torero hábil; pero su estilo había pasado de moda antes de que hubiese podido ganar el afecto del público con sus virtudes: coraje y serena inteligencia. Por lo tanto, su nombre en un cartel no atraía público a la plaza, La novedad consistía en su baja estatura, que apenas le permitía ver más arriba de las cruces del toro, pero no era el único con esa particularidad y jamás logró conquistar el afecto del público. De los picadores, uno tenía cara de gavilán y era canoso, delgado, pero con piernas y brazos fuertes como el acero. Siempre usaba botas de ganadero debajo de los pantalones; por las noches bebía demasiado, y en cualquier momento se detenía en la contemplación amorosa de todas las mujeres de la pensión. El otro era alto, corpulento, de cara trigueña, buen mozo, con el cabello negro como el de un indio y manos enormes. Ambos eran grandes picadores, aunque del primero se decía que había perdido gran parte de su destreza por entregarse a la bebida y a la disipación; y del segundo, que era demasiado terco y pendenciero para poder trabajar más de una temporada con cualquier matador. El banderillero era de edad madura, canoso, ágil como un gato a pesar de sus años y, al verle sentado a la mesa, se diría estar en presencia de un próspero hombre de negocios. Sus piernas estaban todavía en buenas condiciones para aquella temporada y, mientras pudieran moverse, tenía bastante inteligencia y experiencia como para conservar el trabajo por largo tiempo. La diferencia estaría en que, cuando perdiera la rapidez de sus pies, siempre tendría miedo en los aspectos que ahora no lo inquietaban, tanto en la arena como fuera de ella. Aquella noche, todos habían salido del comedor, excepto el picador de cara de gavilán que bebía demasiado, el subastador de relojes en las exposiciones regionales y fiestas de España, que también era muy aficionado a empinar el codo, y dos sacerdotes gallegos que estaban sentados en un rincón y bebían, si no demasiado, por lo menos bastante. En aquella época, el vino estaba incluido en el precio del alojamiento y la pensión, y los mozos acababan de traer frescas botellas de Valdepeñas a las mesas del subastador de rostro estigmatizado, luego a la del picador y, finalmente, a la de los dos curas. Los tres camareros estaban ahora en un extremo del salón. Según el reglamento de la casa, tenían que permanecer allí hasta que abandonaran el comedor los comensales cuyas mesas atendían, pero el que tenía a su cargo la mesa de los dos sacerdotes tenía que asistir a una reunión de carácter anarco­sindicalista, y Paco había aceptado reemplazarlo en sus tareas habituales. Arriba, el matador enfermo estaba acostado boca abajo en la cama, solo. El diestro que había dejado de ser una novedad miraba por la ventana mientras se preparaba para ir al café, y el torero cobarde tenía en su cuarto a la hermana mayor de Paco y trataba de lograr de la muchacha algo a lo que ella, entre carcajadas, se negaba. -Ven, salvajilla. -No -dijo la mujer. -Por favor. -Matador -dijo ella, cerrando la puerta-. Mi matador... Dentro de la habitación, él se sentó en la cama. Su rostro presentaba todavía la contorsión que, en la arena, transformaba en una constante sonrisa, asustando a los espectadores de las primeras filas que sabían de qué se trataba. -Y esto -estaba diciendo en voz alta-. Toma. Y esto. Y esto. Recordaba perfectamente la época de su plenitud, apenas hacía tres años. Recordaba el peso de la chaqueta de torero espolinada de oro sobre sus hombros, en aquella cálida tarde de mayo, cuando su voz todavía era la misma tanto en la arena como en el café. Recordaba cómo suspiró junto a la afilada hoja que pensaba clavar en la parte superior de las paletas, en la empolvada protuberancia de músculos, encima de los anchos cuernos de puntas astilladas, duros como la madera, y que estaban más bajos durante su mortal embestida. Recordaba el hundir de la espada, como si se hubiese tratado de un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hombro izquierdo se inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna izquierda... pero, en seguida, el peso de su cuerpo no descansó sobre la pierna izquierda, sino sobre el bajo vientre, y mientras el toro levantaba la cabeza él perdió de vista los cuernos y dio dos vueltas encima de ellos antes de poder desprenderse. Por eso ahora, cuando entraba a matar, lo cual ocurría muy rara vez, no podía mirar los cuernos sin perder la serenidad. Abajo, en el comedor, el picador miraba a los curas desde su asiento. Si hubiese mujeres en el salón, a ellas hubiera dirigido su mirada. Cuando no había mujeres, observaba con placer a un extranjero, a un inglés, pero, como no había ni mujeres ni extranjeros, ahora miraba con placer e insolencia a los dos sacerdotes. Entretanto, el subastador de cara estigmatizada se puso de pie y salió después de doblar su servilleta, dejando llena hasta la mitad la botella de vino que había pedido. No terminó toda la botella porque tenía varias cuentas sin pagar en el Luarca. Los dos curas no se fijaron en el picador, pues conversaban animadamente. Uno de ellos decía: -Hace diez días que estoy aquí, esperando verlo. Me paso el día entero en la antesala y no quiere recibirme. -¿Qué hay que hacer, entonces? -Nada. ¿Qué puede hacer uno? No se puede ir en contra de la autoridad. -He estado aquí dos semanas, y nada. Espero, pero no quieren verme. -Venimos de la tierra abandonada. Cuando se acabe el dinero podemos volver. -A la tierra abandonada. ¿Qué le importa a Madrid, Galicia? Somos una región pobre. -En Madrid es donde uno aprende a comprender las cosas. Madrid mata a España. -Si por lo menos atendieran a uno, aunque fuese para una respuesta negativa... -No. Tiene que esperar hasta cansarse y desfallecer. -Pues bien, ya veremos. Puedo esperar como lo hacen otros. En este momento, el picador se puso de pie, caminó hacia la mesa de los sacerdotes y se detuvo cerca de ellos, con su pelo canoso y su cara de gavilán, mientras los miraba con una sonrisa. -Un torero -explicó uno de los curas al otro. -¡Y qué torero! -dijo el picador, y de inmediato salió del comedor, con la chaqueta gris, el talle ajustado, las piernas estevadas y los estrechos pantalones que cubrían sus botas de ganadero de altos tacones, que sonaron con golpes secos cuando se alejó fanfarroneando, mientras sonreía porque sí. Su mundo profesional pequeño y estrecho, era un mundo de eficiencia personal, de nocturnos triunfos alcohólicos y de insolencia. Encendió un cigarrillo y salió rumbo al café, no sin antes inclinar bien su sombrero en el zaguán. Los curas salieron inmediatamente después del picador, dándose prisa al advertir que eran los últimos en abandonar el comedor, y entonces no quedó nadie en el salón, excepto Paco y el camarero de edad madura, que limpiaron las mesas y llevaron las botellas a la cocina. En la cocina estaba el muchacho que lavaba los platos. Tenía tres años más que Paco y era muy cínico y mordaz. -Toma esto -dijo el hombre mientras llenaba un vaso de Valdepeñas y se lo ofrecía. -¿Y por qué no? -y el joven tomó el vaso. -¿Y tú, Paco? -Gracias -dijo éste, y los tres se pusieron a beber. -Bueno, yo me voy -dijo el mozo viejo. -Buenas noches -le dijeron los jóvenes. Salió y ellos se quedaron solos. Paco tomó la servilleta que había usado uno de los curas y, erguido, con los tacones plantados, la bajó mientras seguía el movimiento con la cabeza, y con los brazos efectuó una lenta y vasta verónica. Luego se dio vuelta y, adelantando ligeramente el pie derecho, hizo el segundo pase, ganó un poco de terreno sobre el imaginario toro y realizó un tercer pase, lento, suave y perfectamente medido. Después recogió la servilleta hasta la cintura y balanceó las caderas, evitando la embestida del toro con una media verónica. El muchacho que lavaba los platos, que se llamaba Enrique, lo observaba con un gesto de desprecio. -¿Qué tal es el toro? -preguntó. -Muy bravo -dijo Paco-. Mira. Y, deteniéndose, erguido y esbelto, hizo cuatro pases más, perfectos, suaves, elegantes y graciosos. -¿Y el toro? -preguntó Enrique, apoyado en el fregadero. Tenía puesto el delantal y todavía no había terminado su vaso de vino. -Tiene gasolina para rato -contestó el otro. -Me das lástima -dijo Enrique. --¿Por qué? ¿Está mal? -Fíjate. Enrique se quitó el delantal y, mientras señalaba al toro imaginario, esculpió cuatro gigantescas verónicas perfectas y lánguidas, y terminó con una rebolera que hizo girar el delantal sobre el hocico del toro mientras se alejaba de él. -¿Qué te parece? -concluyó-. ¡Y pensar que tengo que ganarme la vida lavando platos! -¿Por qué? -Por el miedo. El mismo miedo que tendrías tú al encontrarte en la arena frente a un toro. -No -replicó Paco-. Yo no tendría miedo. -¡Bah! Todos tienen miedo. Pero un torero puede dominar ese miedo y vencer al toro. Cierta vez intervine en una lidia de aficionados y tuve tanto miedo que escapé corriendo. Todos creían que sería algo muy divertido. Tú también te asustarías. Si no fuera por el miedo, cualquier limpiabotas de España sería torero. Y tú, un muchacho del campo, te asustarías más que yo.. -No -dijo Paco. En su imaginación lo había hecho muchísimas veces. Infinidad de veces vio los cuernos, el hocico húmedo del toro, las orejas crispadas y luego cómo agachaba la cabeza para la embestida. Oía el golpe seco de los cascos del animal. Lo veía pasar a su lado mientras él balanceaba la capa. Vio la nueva embestida y volvió a balancear la capa, y luego una y otra vez, para concluir mareando al animal con su gran media verónica y alejándose con oscilaciones de las caderas, con pelos del toro que se habían prendido de los adornos de oro de su chaqueta en los pases más ajustados. El toro había quedado hipnotizado y la multitud aplaudía con entusiasmo... No, no tendría miedo. Otros podían sentirlo, pero él no. Sabía que iba a ser así. Aunque siempre hubiera tenido miedo, estaba seguro de que podría hacerlo con toda calma. Tenía confianza. -Yo no tendría miedo -repitió. -¡Bah! -volvió a exclamar Enrique, y después de una pausa agregó-: ¿Y si hiciéramos la prueba? -¿Cómo? -Mira -explicó el lavador de platos-. Tú piensas siempre en el toro, pero te olvidas de los cuernos. El toro tiene tanta fuerza que los cuernos cortan como un cuchillo, se clavan como una bayoneta y matan como un garrote. Mira -y al decir esto abrió un cajón de la mesa y sacó dos cuchillas de cortar carne-. Las ataré a las patas de una silla. Luego haré de toro poniéndola delante de mi cabeza. Imaginémonos que las cuchillas son los cuernos. Si logras hacer esos pases, puedes ser considerado una cosa seria. -Préstame tu delantal. Lo haremos en el comedor. -No -dijo Enrique, despojándose repentinamente de su amargura habitual-. No lo hagas, Paco. -Sí. No tengo miedo. -Pero lo tendrás, cuando veas cómo se acercan las cuchillas... -Ya veremos -concluyó Paco-. Dame el delantal. Y Enrique empezó a atar las dos cuchillas de hoja gruesa y afilada como la de una navaja a las patas de la silla, utilizando dos servilletas sucias que arrollaba a la altura de la mitad de cada cuchilla, apretándolas lo más fuerte que le era posible. Entretanto, las dos camareras, hermanas de Paco, se dirigían al cine para ver a Greta Garbo en «Anna Christie». De los dos sacerdotes, uno estaba sentado leyendo su breviario, y el otro rezaba el rosario. Todos los toreros de la pensión, excepto el que se encontraba enfermo, habían hecho ya su aparición nocturna en el café Fornos, donde el picador corpulento y de cabellos negros jugaba al billar, y el matador bajo y respetuoso se hallaba delante de una taza de café con leche en una mesa muy concurrida, al lado del banderillero y de unos obreros serios. El picador canoso dado a la bebida, tenía un vaso de brandy cazalás y observaba con placer la mesa ocupada por el matador que ya había perdido el coraje, otro que renunciaba a la espada para ser de nuevo banderillero y dos viejas prostitutas. Por su parte, el subastador estaba charlando con varios amigos en la esquina; el camarero alto estaba en la reunión anarco-sindicalista, esperando con ansiedad la ocasión de hacer uso de la palabra, y el mayor de los camareros se encontraba sentado en la terraza del Café Álvarez, bebiendo una copa de cerveza. En cuanto a la dueña de la Pensión Luarca, dormía ya, boca arriba, con el almohadón entre las piernas. Era una mujer alta, gorda, honrada, limpia, tranquila y muy religiosa. Todavía añoraba a su marido y no dejaba de rezar por él todos los días, a pesar de que hacia veinte años que había muerto. El matador enfermo continuaba en su cuarto, solo, acostado boca abajo, con un pañuelo en la boca. En el desierto comedor, Enrique estaba haciendo el último nudo en las servilletas que ataban las cuchillas a las patas de la silla. Después dirigió las patas hacia adelante y sostuvo la silla sobre su cabeza, a cada lado de la cual apuntaba una de las afiladas cuchillas. -Pesa mucho -dijo-. Mira, Paco, va a ser muy peligroso. No lo hagas. Estaba sudando... Frente a él, Paco sostenía el delantal extendido, con un pliegue en cada mano, con los pulgares arriba y los índices hacia abajo, esperando la carga de la imaginaria bestia. -Avanza en línea recta -indicó-. Luego vuélvete como hace el toro. Y hazlo todas las veces que quieras. -¿Y cómo sabrás cuándo cortar el pase? -preguntó Enrique-. Es mejor hacer tres y después una media. -Entendido. Pero, ¿qué esperas? ¡Eh, torito! ¡Ven, torito! Con la cabeza gacha, Enrique corrió hacia él, y Paco balanceó el delantal junto a la afilada cuchilla, que pasó muy cerca de su vientre, negro y liso, de puntas blancas, y cuando Enrique se dio vuelta para volver a atropellar, vio la masa cubierta de sangre del toro y oyó el golpe de los cascos que pasaban a su lado, y, ágil como un gato, retiró la capa, dejando que aquél siguiera su carrera. Enrique preparó entonces una nueva embestida y esta vez, mientras calculaba la distancia, Paco adelantó demasiado su pie izquierdo -cosa de dos o tres pulgadas- , y la cuchilla penetró en su cuerpo con la misma facilidad que si se hubiese tratado de un odre. Entonces sintió un calor nauseabundo junto con la fría rigidez del acero. Al mismo tiempo oyó que Enrique gritaba: -¡Ayl ¡Ay! ¡Déjame que lo saque! ¡Déjame sacártelo! Paco cayó hacia adelante, sobre la silla, sosteniendo todavía en sus manos el delantal convertido en capa. Enrique, en su afán de separar al compañero, empujaba la silla, y la cuchilla se hundía en él, en él, en Paco... Por fin salió, y él se sentó sobre el piso, en el charco caliente que se agrandaba cada vez más. -Ponte la servilleta encima. ¡Fuerte! -dijo Enrique-. Aprieta bien. Iré corriendo en busca del médico. Debes contener la hemorragia. -Haría falta una ventosa de goma -respondió Paco, que había visto usar eso en la arena. -Yo atropellé en línea recta -balbuceó Enrique, sollozando-. Lo único que quería era mostrarte el peligro... -No te preocupes -la voz de Paco parecía lejana-, pero trae el médico. En la arena, cuando alguien resulta herido, lo levantan y lo llevan corriendo a la sala de operaciones. Si la arteria femoral se vacía antes de llegar, llaman al sacerdote... -Avisa a uno de los curas -continuó Paco, que sostenía la servilleta con todas sus fuerzas contra la parte baja del abdomen. No podía creer que le hubiera ocurrido aquello. Pero Enrique ya estaba en la calle San Jerónimo y se dirigía corriendo hacia el dispensario de urgencia. Paco se quedó solo. Primero se levantó, pero el dolor lo hizo caer de nuevo, y permaneció en el suelo hasta lanzar el último suspiro, sintiendo que su vida se escapaba como el agua sucia sale de la bañera cuando uno levanta el tapón. Estaba asustado, y, al sentirse desfallecer, trató de decir una frase de contrición. Recordaba el comienzo, pero apenas pronunció, con la mayor rapidez posible: «¡Oh, Dios mío! Me arrepiento sinceramente de haberte ofendido, a Ti, que mereces todo mi amor, y resuelvo firmemente...»; se sintió ya demasiado débil y cayó boca abajo sobre el piso, expirando en pocos segundos. Una arteria femoral herida se vacía más pronto de lo que uno piensa. Mientras el médico del dispensario subía por la escalera acompañado por el agente de policía, que llevaba del brazo a Enrique, las dos hermanas de Paco estaban en el monumental cinematógrafo de la Gran Vía. La película de la Garbo les deparó una gran desilusión. Nadie quedó conforme con el mísero papel de la gran estrella, pues estaban acostumbrados a verla siempre rodeada de gran lujo y esplendor. Los espectadores demostraban su desagrado mediante silbidos y pateos. Los otros habitantes del hotel estaban haciendo casi exactamente lo mismo que cuando ocurrió el accidente, excepto los dos curas, que habían terminado sus devociones y se preparaban para ir a dormir, y el canoso picador, que trasladó su copa a la mesa ocupada por las dos viejas prostitutas. Un poco más tarde salió del café con una de ellas: la que había acompañado en la borrachera al matador que perdiera el coraje. Y el joven Paco no se enteró nunca de esto ni de lo que aquella gente iba a hacer al día siguiente. Ni se imaginaba cómo vivían, en realidad, ni cómo terminarían sus existencias. Murió, como dice la frase española, lleno de ilusiones. No había tenido tiempo en su vida para perder ninguna de ellas, ni siquiera, al final, para completar un acto de contrición. Tampoco tuvo tiempo para desilusionarse por la película de Greta Garbo, que defraudó a todo Madrid durante una semana.

El Mar Cambio

-Está bien -dijo el hombre-. ¿Qué decidiste? -No -dijo la muchacha-. No puedo. -¿Querrás decir que no quieres? -No puedo. Eso es lo que quiero decir. -No quieres. -Bueno -dijo ella-. Arregla las cosas como quieras. -No arreglo las cosas como quiero, pero, ¡por Dios que me gustaría hacerlo! -Lo hiciste durante mucho tiempo. Era temprano y no había nadie en el café, con excepción del cantinero y los dos jóvenes que se hallaban sentados en una mesa del rincón. Terminaba el verano y los dos estaban tostados por el sol, de modo que parecían fuera de lugar en París. La joven llevaba un vestido escocés de lana; su cutis era de un moreno suave; sus cabellos rubios y cortos crecían dejando al descubierto una hermosa frente. El hombre la miraba. -¡La voy a matar! -dijo él. -Por favor, no lo hagas -dijo ella. Tenía bellas manos y el hombre las miraba. Eran delgadas, morenas y muy hermosas. -Lo voy a hacer. ¡Te juro por Dios que lo voy a hacer! -No te va a hacer feliz. -¿No podías haber caído en otra cosa? ¿No te podrías haber metido en un lío de otra naturaleza? -Parece que no -dijo la joven-. ¿Qué vas a hacer ahora? -Ya te lo he dicho. -No; quiero decir, ¿qué vas a hacer, realmente? -No sé -dijo él-. Ella lo miró y alargó una mano-. ¡Pobre Phil! -dijo. El hombre le miró las manos, pero no las tocó. -No, gracias -declaró. -¿No te hace ningún bien saber que lo lamento? -No. -¿Ni decirte cómo? -Prefiero no saberlo. -Te quiero mucho. -Sí; y esto lo prueba. -Lo siento -dijo ella-; si no lo entiendes ... -Lo entiendo. Eso es lo malo. Lo entiendo. -¿Sí? -preguntó ella-. ¿Y eso lo hace peor? -Es claro -la miró-. Lo entenderé siempre. Todos los días y todas las noches. Especialmente por la noche. Lo entenderé. No tienes necesidad de preocuparte. -Lo siento... -Si fuera un hombre... -No digas eso. No podría ser un hombre. Tú lo sabes. ¿No tienes confianza en mí? -¡Confiar en ti! Es gracioso. ¡Confiar en ti! Es realmente gracioso. -Lo lamento. Parece que eso es todo lo que pudiera decir. Pero cuando nos entendemos, no vale la pena pretender que hacemos lo contrario. -No, supongo que no. -Volveré, si quieres. -No; no quiero. Después no dijeron nada por un largo rato. -¿No crees que te quiero, no es cierto? -preguntó la joven. -No hablemos de tonterías. -Realmente, ¿no crees que te quiero? -¿Por qué no lo pruebas? -Haces mal en hablar así. Nunca me pediste que probara nada. No eres cortés. -Eres una mujer extraña. -Tú no. Eres un hombre magnífico y me destroza el corazón irme y dejarte... -Tienes que hacerlo, por supuesto. -Sí -dijo ella-. Tengo que hacerlo, y tú lo sabes. Él no dijo nada. Ella lo miró y extendió la mano nuevamente. El cantinero se hallaba en el extremo opuesto del café. Tenía el rostro blanco y también era blanca su chaqueta. Conocía a los dos y pensaba que formaban una hermosa pareja. Había visto romper a muchas parejas y formarse nuevas parejas, que no eran ya tan hermosas. Pero no estaba pensando en eso, sino en un caballo. Un cuarto de hora más tarde podría enviar a alguien enfrente para saber si el caballo había ganado. -¿No puedes ser bueno conmigo y dejarme ir? -preguntó la joven. -¿Qué crees que voy a hacer? Entraron dos personas y se dirigieron al mostrador. -Sí, señor -dijo el cantinero y atendió a los clientes. -¿Puedes perdonarme? ¿Cuándo lo supiste? -preguntó la muchacha. -No. -¿No crees que las cosas que tuvimos y que hicimos pueden influir en nuestra comprensión? -"El vicio es un monstruo de tan horrible semblante" -dijo el joven con amargura- que... -no podía recordar las palabras-. No puedo recordar la frase -dijo. -No digamos vicio. Eso no es muy cortés. -Perversión -dijo él. -¡James! -uno de los clientes se dirigió al cantinero-. Te ves muy bien. -También usted se ve bien, señor -replicó al cantinero. -¡Viejo James! -dijo el otro cliente-. Estás un poco más gordo. -Es terrible la manera como uno se pone -contestó el cantinero. -No dejes de poner el coñac, James -advirtió el primer cliente. -No. Confíe usted en mí. Los dos que se hallaban en el bar miraron a los que se encontraban en la mesa y después volvieron a mirar al cantinero. Por la posición en que se encontraban les resultaba más cómodo mirar al encargado del bar. -Creo que sería mejor que no emplearas palabras como esa -dijo la muchacha-. No hay ninguna necesidad de decirlas. -¿Cómo quieres que lo llame? -No tienes necesidad de ponerle nombre. -Así se llama. -No -dijo ella-. Estamos hechos de toda clase de cosas. Debieras saberlo. Tú usaste muchas veces esa frase. -No tienes necesidad de decirlo ahora. -Lo digo porque así te lo vas a explicar mejor. -Está bien -dijo él-. ¡Está bien! -Dices que eso está muy mal. Lo sé; está muy mal. Pero volveré. Te he dicho que volveré. Y volveré en seguida. -No; no lo harás. -Volveré. -No lo harás. A mí, por lo menos. -Ya lo verás. -Sí -dijo él-. Eso es lo infernal, que probablemente quieras volver. -Por supuesto que lo voy a hacer. -Ándate, entonces. -¿Lo dices en serio? -no podía creerle, pero su voz sonaba feliz. -¡Ándate! -dijo el hombre. Su voz le sonaba extraña. Estaba mirándola. Miraba la forma de su boca, la curva de sus mejillas y sus pómulos; sus ojos y la manera cómo crecía el cabello sobre su frente. Luego el borde de las orejas, que se veían bajo el pelo y el cuello. -¿En serio? ¡Oh! ¡Eres bueno! ¡Eres demasiado bueno conmigo! -Y cuando vuelvas me lo cuentas todo -su voz le sonaba muy extraña. No la reconocía. Ella lo miró rápidamente. Él se había decidido. -¿Quieres que me vaya? -preguntó ella con seriedad. -Sí -dijo él duramente-. En seguida. -Su voz no era la misma. Tenía la boca muy seca-. Ahora -dijo. Ella se levantó y salió de prisa. No se volvió para mirarlo. Él no era el mismo hombre que antes de decirle que se fuera. Se levantó de la mesa, tomó los dos boletos de consumición y se dirigió al mostrador. -Soy un hombre distinto, James -dijo al cantinero-. Ves en mí a un hombre completamente distinto -Sí, señor -dijo James. -El vicio -dijo el joven tostado- es algo muy extraño, James. -Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle. Al mirarse al espejo vio que realmente era un hombre distinto. Los otros dos que se hallaban acodados en el mostrador del bar se hicieron a un lado para dejarle sitio. -Tiene usted mucha razón, señor -declaró Jame,. Los otros dos se separaron un poco más de él, para que se sintiera cómodo. El joven se vio en el espejo que se hallaba detrás del mostrador. -He dicho que soy un hombre distinto, James -dijo. Y al mirarse al espejo vio que era completamente cierto. -Tiene usted :muy buen aspecto, señor -dijo James-. Debe haber pasado un verano magnífico. FIN

Un Lugar Limpio Y Bien Iluminado

Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban. -La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos. -¿Por qué? -Estaba desesperado. -¿Por qué? -Por nada. -¿Cómo sabes que era por nada? -Porque tiene muchísimo dinero. Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado. -Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros. -¿Y qué importa si consigue lo que busca? -Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán. El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó. -¿Qué desea? El viejo lo miró. -Otro coñac -dijo. -Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue. -Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada. El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac. -Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo. -Un poco más -murmuró. El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo. -Gracias -dijo el viejo. El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega. -Ya está borracho -dijo. -Se emborracha todas las noches. -¿Por qué quería suicidarse? -¿Cómo puedo saberlo? -¿Cómo lo hizo? -Se colgó de una cuerda. -¿Quién lo bajó? -Su sobrina. -¿Por qué lo hizo? -Por temor de que se condenara su alma. -¿Cuánto dinero tiene? -Muchísimo. -Debe tener ochenta años. -Sí, yo también diría que tiene ochenta. -Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para irse a la cama? -Se queda porque le gusta. -Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama. -Él también tuvo una mujer. -Ahora una mujer no le serviría de nada. -No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer. -Su sobrina lo cuida. -Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga. -No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa. -No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo. -No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan. El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros. -Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse. -¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros-. No más esta noche. Cerramos. -Otro -dijo el viejo. -¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado. El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina. El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad. -¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y media. -Quiero irme a casa. -¿Qué significa una hora? -Mucho más para mí que para él. -Una hora no tiene importancia. -Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa. -No es lo mismo. -No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa. -¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre? -¿Estás tratando de insultarme? -No, hombre, sólo quería hacerte una broma. -No -el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica-. Tengo confianza. Soy todo confianza. -Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo tienes todo. -¿Y a ti, qué te falta? -Todo; menos el trabajo. -Tienes todo lo que tengo yo. -No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven. -Vamos. Deja de decir tonterías y cierra. -Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café -dijo el camarero de más edad-, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche. -Yo quiero irme a casa y a la cama. -Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa-. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café. -¡Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche. -No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra. -Buenas noches -dijo el camarero más joven. -Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra que estás en nada, nada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a presión brillante. -¿Qué le sirvo?- preguntó el cantinero. -Nada. -Otro loco más -dijo el cantinero y le dio la espalda. -Una copita -dijo el camarero. El cantinero se la sirvió. -La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca -dijo el camarero. El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación. -¿Quiere otra copita? -preguntó el cantinero. -No, gracias -dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo. FIN

Colinas Como Elefantes Blancos

Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid. -¿Qué tomamos? -preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa. -Hace calor -dijo el hombre. -Tomemos cerveza. -Dos cervezas -dijo el hombre hacia la cortina. -¿Grandes? -preguntó una mujer desde el umbral. -Sí. Dos grandes. La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco. -Parecen elefantes blancos -dijo. -Nunca he visto uno -el hombre bebió su cerveza. -No, claro que no. -Nada de claro -dijo el hombre-. Bien podría haberlo visto. La muchacha miró la cortina de cuentas. -Tiene algo pintado -dijo-. ¿Qué dice? -Anís del Toro. Es una bebida. -¿Podríamos probarla? -Oiga -llamó el hombre a través de la cortina. La mujer salió del bar. -Cuatro reales. -Queremos dos de Anís del Toro. -¿Con agua? -¿Lo quieres con agua? -No sé -dijo la muchacha-. ¿Sabe bien con agua? -No sabe mal. -¿Los quieren con agua? -preguntó la mujer. -Sí, con agua. -Sabe a orozuz -dijo la muchacha y dejó el vaso. -Así pasa con todo. -Sí -dijo la muchacha-. Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo. -Oh, basta ya. -Tú empezaste -dijo la muchacha-. Yo me divertía. Pasaba un buen rato. -Bien, tratemos de pasar un buen rato. -De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente? -Fue ocurrente. -Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas? -Supongo. La muchacha contempló las colinas. -Son preciosas colinas -dijo-. En realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color de su piel entre los árboles. -¿Tomamos otro trago? -De acuerdo. El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas. -La cerveza está buena y fresca -dijo el hombre. -Es preciosa -dijo la muchacha. -En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig -dijo el hombre-. En realidad no es una operación. La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa. -Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire. La muchacha no dijo nada. -Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural. -¿Y qué haremos después? -Estaremos bien después. Igual que como estábamos. -¿Qué te hace pensarlo? -Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices. La muchacha miró la cortina de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas. -Y piensas que estaremos bien y seremos felices. -Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho. -Yo también -dijo la muchacha-. Y después todos fueron tan felices. -Bueno -dijo el hombre-, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo. -¿Y tú de veras quieres? -Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres. -Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás? -Te quiero. Tú sabes que te quiero. -Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos? -Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo. -Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte? -No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo. -Entonces lo haré. Porque yo no me importo. -¿Qué quieres decir? -Yo no me importo. -Bueno, pues a mí sí me importas. -Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico. -No quiero que lo hagas si te sientes así. La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los árboles. -Y podríamos tener todo esto -dijo-. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible. -¿Qué dijiste? -Dije que podríamos tenerlo todo. -Podemos tenerlo todo. -No, no podemos. -Podemos tener todo el mundo. -No, no podemos. -Podemos ir adondequiera. -No, no podemos. Ya no es nuestro. -Es nuestro. -No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras. -Pero no nos los han quitado. -Ya veremos tarde o temprano. -Vuelve a la sombra -dijo él-. No debes sentirte así. -No me siento de ningún modo -dijo la muchacha-. Nada más sé cosas. -No quiero que hagas nada que no quieras hacer… -Ni que no sea por mi bien -dijo ella-. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza? -Bueno. Pero tienes que darte cuenta… -Me doy cuenta -dijo la muchacha.- ¿No podríamos callarnos un poco? Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa. -Tienes que darte cuenta -dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti. -¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera. -Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo. -Sí, sabes que es perfectamente sencillo. -Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé. -¿Querrías hacer algo por mi? -Yo haría cualquier cosa por ti. -¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca? Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche. -Pero no quiero que lo hagas -dijo-, no me importa en absoluto. -Voy a gritar -dijo la muchacha. La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro. -El tren llega en cinco minutos -dijo. -¿Qué dijo? -preguntó la muchacha. -Que el tren llega en cinco minutos. La muchacha dirigió a la mujer una vívida sonrisa de agradecimiento. -Iré llevando las maletas al otro lado de la estación -dijo el hombre. Ella le sonrió. -De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza. Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió. -¿Te sientes mejor? -preguntó él. -Me siento muy bien -dijo ella-. No me pasa nada. Me siento muy bien. FIN